Hay momentos del año en que el cuerpo pide una pausa y la mente, de forma casi automática, empieza a proyectar paisajes concretos. Últimamente me descubro mirando mapas del sur de Galicia con una insistencia que ya no es curiosidad, sino necesidad pura de desconexión. No se trata solo de planear una escapada de fin de semana; es esa pulsión callada por cambiar el asfalto por el horizonte abierto, por sentir el aire salino pegándose a la piel y dejar que el reloj pierda toda su tiranía frente al ritmo pausado de las mareas.

Tengo unas ganas inmensas de enfilar la carretera hacia el Baixo Miño y las Rías Baixas, de conducir sin prisa mientras el verde espeso del interior empieza a abrirse para dar paso al azul denso de la ría. Me imagino llegando a la costa a media tarde, cuando la luz dorada baña los viñedos escalonados y tiñe las bateas alineadas en el agua como centinelas de madera. Hay una serenidad muy particular en esta franja donde la tierra gallega se encuentra con la frontera portuguesa, una mezcla de carácter atlántico y suavidad térmica que invita a respirar hondo nada más apearse del coche.

Mi ruta mental empieza en las villas marineras. Sueño con perderme por las callejuelas empedradas de Baiona, bordear la fortaleza de Monterreal con el sonido del oleaje rompiendo contra las rocas y sentarme en una terraza cualquiera a ver entrar las pequeñas embarcaciones de bajura. Pienso en la sencillez inigualable de su gastronomía: pedir unos percebes recién salidos del agua, un pescado a la brasa con su correspondiente toque de aceite de oliva y ajo, y descorchar una botella fría de albariño cosechado en las laderas cercanas de O Rosal. Comer allí no es un mero trámite, es una celebración del producto sin disfraces ni artificios.

Pero más allá del mar abierto, me atrae la calma vegetal que abraza el curso final del río Miño. Fantaseo con subir hasta el castro de Santa Trega a primera hora de la mañana, cuando la niebla matinal aún corona la desembocadura y la vista alcanza la costa lusa al otro lado del estuario. Estar en esa cumbre, con el viento atlántico de cara y miles de años de historia bajo los pies, relativiza cualquier preocupación cotidiana.

Tener ganas de visitar el sur de Galicia es, en el fondo, buscar un refugio donde reconciliarse con el tiempo. Es el anhelo de caminar por arenales solitarios, de cruzar pequeñas rías al atardecer y de compartir charlas reposadas al calor de una sobremesa que se alarga sin prisa. Sé que no tardaré en cargar una mochila ligera, meter un chubasquero por si el cielo decide cambiar de humor y poner rumbo al sur. Porque hay destinos que no solo se visitan: se esperan con el deseo intacto de quien sabe que allí, frente al mar, la vida vuelve a tener el compás exacto.