Cruzar la ría de Vigo a diario no es simplemente ir del punto A al punto B; es un ritual, un paréntesis salado en medio de la vorágine de la semana. Cuando el despertador suena temprano y mi mente ya empieza a organizar las prioridades, sé que antes de sumergirme de lleno en las pantallas, tengo mi momento de desconexión garantizado sobre el mar.

Tomar el barco de mar de ons Vigo se ha convertido en mi particular transición entre la tranquilidad y el ritmo frenético de la agencia. Llego a la Estación Marítima a primera hora, cuando el sol apenas empieza a despuntar y la brisa del Atlántico todavía corta un poco la cara. Ya conozco de sobra la dinámica: el saludo rápido con la tripulación en el muelle, el pitido de la máquina al leer el billete y ese sonido tan característico de los motores del catamarán calentando antes de soltar amarras. En la pasarela siempre nos cruzamos las mismas caras de sueño: profesionales, estudiantes y algún madrugador empedernido, todos compartiendo este peculiar transporte público flotante.

Una vez a bordo, tengo mi rutina sagrada. Si el día amanece despejado y la mar está en calma, busco un sitio en la cubierta superior. No importa cuántas veces haya hecho este trayecto, ver el perfil de la ciudad alejándose o acercándose sigue siendo un privilegio. En los poco más de veinte minutos que dura la travesía, a veces decido adelantar trabajo y abro el portátil. Es un contraste fascinante: ahí estoy, rodeado de bateas y gaviotas, ajustando presupuestos de campañas en Google Ads o retocando diseños en Elementor mientras el suave balanceo de las olas marca el ritmo del ratón. Es, sin duda, la oficina con las mejores vistas de toda Galicia.

Otras veces, especialmente cuando el invierno gallego hace de las suyas y el viento revuelve la ría, toca resguardarse en la cabina inferior. Esos días de lluvia golpeando los cristales, donde el barco baila con más fuerza sobre el agua gris, aprovecho para desconectar por completo. Dejo el móvil en el bolsillo, descanso la vista de tanto código y métricas, y confío plenamente en la destreza de una tripulación que conoce estas aguas de memoria.

Cuando finalmente atracamos y la pasarela toca tierra firme, el maremágnum de notificaciones y llamadas vuelve a exigir mi atención inmediata. Pero esa pequeña travesía ya me ha cambiado el chip. El mar tiene esa capacidad asombrosa de ponerlo todo en perspectiva; te limpia la mente antes de empezar el día y te sirve de terapia al terminarlo. Por muy estresante que haya sido la jornada, saber que el regreso a casa incluye navegar la ría hace que todo valga la pena.