Tu nevera habla de ti

Tengo una amiga que tiene un extraño pasatiempo cuando es invitada a comer en casa de alguien: mirar en la nevera para ver qué hay. Dice que de esa manera puede conocer más a fondo quién es realmente cada persona. Tiene un punto inquietante, ¿verdad? Es como esas personas que miran detrás de los cuadros o que pasan una eternidad en el baño cuando están en casas ajenas. Pero si lo pensamos bien, es verdad que se puede extraer bastante información analizando las neveras de los demás.

De hecho, incluso se puede trazar una evolución de cada persona en función de lo que han albergado las neveras a lo largo de los tiempos. En mi caso, cuando me ‘independicé’, la nevera pasó el lugar en el que guardaba, básicamente, la leche, el agua y el yogur con frutas. Y de vez en cuando, la cerveza… No tenía mucho más porque en los primeros tiempos pasaba a comer por casa de mis padres cuando podía: esa (medio) independencia que significa quiero dormir solo pero si me haces la comida mamá, pues mejor…

Cuando me cambié de ciudad, mi nevera dio un giro radical. Tuve que ponerme las pilas y empezar a cocinar en serio. O al menos eso es lo que pensaba yo que iba a hacer. Pero si en las primeras semanas la nevera estaba plagada de frutas, verduras y otros productos frescos, poco a poco empezó a vaciarse y ya nunca se volvió a llenar del todo.

La falta de tiempo hace que no podamos (o queramos) dedicar tanto tiempo a la cocina y acabamos optando por lo fácil que es la comida preparada o, directamente si la economía lo permite, comer fuera.

Y luego llegó mi futura mujer y la nevera volvió a cambiar, para mejor. Todavía se mantenía el yogur con frutas y cereales que tanto me gusta, pero volvieron los productos frescos, sobre todo el pescado y la verdura. Se supone que si mi amiga viene ahora a comer a casa podrá hacerme un buen retrato robot, ya que siempre tenemos la nevera a reventar.

¿Carro de la compra o carro de combate?

Hacer la compra es todo un arte, pero también puede ser la guerra. Todo depende del momento del día y el día de la semana que elijas para ir al supermercado.

Cuando era más jovencito me gustaba ir a comprar. Siempre ayudé bastante a mis padres en este tipo tareas. Para mí era como una aventura. Entrar en un lugar en el que había cientos de productos para comprar y tener dinero en el bolsillo. Claro que no podía comprar lo que me apetecía, siempre llevaba una lista. Mi madre me decía que me fijara bien en leche asturiana precio o en las ofertas de los productos que debía comprar.

Y aunque disfrutaba de ir al supermercado, ya empecé a fijarme en las que serían mis grandes enemigas en el futuro: las señoras mayores. A la hora de comprar el pan, por ejemplo, me ocurría bastante a menudo que una señora se colaba. Como quien no quiere la cosa, se iban deslizando y terminaban ganándome la posición. Y se llevaban medio y un cuarto antes que yo.

Con el paso de los años he tenido que seguir yendo al supermercado como cualquier hijo de vecino, pero he perdido un poco el entusiasmo inicial. Trato de evitar las horas punta en la que los pasillos de los supermercados parecen más bien un circuito de Fórmula 1 o un campo de batallas con los carros aglomerándose en busca de la lubina más fresca o la leche asturiana precio más bajo.

Pero no siempre se puede evitar las horas punta y entonces me pongo el casco de guerra y saltó a la arena para batirme por los plátanos y las galletas. Y las señoras mayores ya no se ríen (tanto) de mí como cuando era pequeño.

He desarrollado un radar especializado en señoras que se cuelan y se activa automáticamente. Es como el sentido arácnido de Spiderman: “atención, señora que se hace la despistada a las 2, movimiento lento pero seguro para intentar ganarme la posición, situar el carro para generar una barrera infranqueable, acompañar de mirada asesina si fuese menester”. Ya no se me cuelan como antes…