Pasar la tarde en las mejores playas de la Isla de Ons es una de esas experiencias que no se olvidan fácilmente, aunque uno lo intente. Desde el momento en que el barco se acerca a la isla, ya siento que el ritmo cambia. El ruido queda atrás y todo se vuelve más lento, más simple, más real. No voy con prisas ni con planes cerrados; voy con la idea clara de dejarme llevar por el lugar.
Nada más pisar la isla, el olor a mar y a vegetación me envuelve. Camino con la toalla al hombro y el sol marcando el paso. Empiezo por la playa de Area dos Cans, que siempre me recibe con una mezcla perfecta de tranquilidad y amplitud. El agua está fría, como es habitual en esta parte del mundo, pero limpia y transparente. Me meto poco a poco, dejando que el cuerpo se acostumbre, y cuando por fin nado, siento esa sensación tan gallega de estar vivo y despierto.
Después de un buen rato entre chapuzones y descanso al sol, sigo caminando. La isla invita a moverse, a descubrirla sin esfuerzo. Llego a Melide, quizá la playa más conocida de Ons, y entiendo por qué. Es amplia, salvaje y abierta al océano, con olas que le dan carácter. Me siento en la arena, observo a la gente, escucho el mar con atención. Aquí el tiempo parece estirarse, como si la tarde tuviera más horas de las normales.
Lo que más me gusta de pasar la tarde en estas playas es la sensación de equilibrio. No hay masificaciones, no hay ruido innecesario. Hay familias, parejas, gente sola leyendo o simplemente mirando al horizonte. Cada uno a su manera, pero todos compartiendo el mismo respeto silencioso por el entorno. Me tumbo boca arriba, cierro los ojos y dejo que el sol me caliente la piel mientras el sonido del mar marca el ritmo de la respiración.
A media tarde, cuando el sol empieza a bajar un poco, camino hasta alguna cala más pequeña. Esas playas menos evidentes tienen algo especial, casi íntimo. Me quito las sandalias, piso la arena húmeda y me siento cerca del agua. No hago nada en particular, y eso es precisamente lo mejor. No pensar, no producir, no correr. Solo estar.
Cuando la tarde avanza y la luz se vuelve más suave, la Isla de Ons se transforma. Los colores cambian, el viento refresca y el mar parece aún más profundo. Es el momento en el que soy más consciente de dónde estoy y de la suerte que supone poder vivir algo así. Me doy un último baño rápido, más por despedida que por necesidad, y me seco al sol mientras miro el cielo.
Volver al barco siempre me da un poco de pena. Sé que dejo atrás algo valioso, aunque también sé que esa calma se queda conmigo. Pasar la tarde en las mejores playas de la Isla de Ons no es solo un plan perfecto; es una forma de recordarme que, a veces, lo único que necesito es mar, tiempo y silencio.