Mi padre siempre ha sido un hombre imparable. A sus 82 años, todavía se enorgullece de hacer su compra diaria en el mercado de Teis y de no perdonar su paseo matutino por la Senda del Agua. Su independencia es su tesoro más preciado, y para nosotros, sus hijos, también lo es. Pero el tiempo no pasa en balde, y tras un pequeño susto hace unos meses —un mareo que por suerte no fue a más—, la preocupación empezó a hacerse un hueco permanente en mis pensamientos.

La clásica medalla roja de teleasistencia estaba completamente descartada. «Yo no voy a llevar eso colgado del cuello como si estuviera enfermo», sentenció mi padre, y yo lo entendía perfectamente. Él no se sentía frágil, y no queríamos que un dispositivo le hiciera sentir así. Necesitábamos una solución del siglo XXI: algo funcional, discreto y que le aportara seguridad sin restarle ni un ápice de dignidad.

Así empezó mi búsqueda del reloj sos mayores perfecto. Me sumergí en internet, comparando modelos y leyendo decenas de opiniones de otras familias en mi misma situación. Buscaba tres cosas fundamentales: un botón de SOS claro y fácil de pulsar, un detector de caídas automático que funcionara incluso si él no podía pedir ayuda, y un localizador GPS que nos diera la tranquilidad de saber dónde estaba si no contestaba al teléfono.

Después de mucho investigar, encontré un modelo que parecía un reloj digital normal y corriente, con la hora en grande y un diseño sobrio. Se lo presenté a mi padre no como un aparato de emergencia, sino como una herramienta para proteger su libertad. «Mira, papá», le dije mientras se lo ponía en la muñeca, «esto no es para vigilarte. Es para que sigas yendo a donde quieras con total independencia, pero con una red de seguridad por si pasa cualquier cosa».

La conversación clave fue explicarle que con solo pulsar un botón, podía hablar directamente con nosotros a través del propio reloj, o con una centralita de emergencias. Le gustó la idea. Lo vio como un walkie-talkie moderno, no como una alarma.

Ahora, ese reloj en su muñeca es nuestra paz mental colectiva. Yo, desde mi trabajo en el centro de Vigo, puedo seguir mi jornada con una calma que antes no tenía. Sé que si se cae, recibiré una alerta en mi móvil. Sé que si se siente indispuesto, tiene ayuda a un solo toque. Él sigue siendo el hombre independiente de siempre, pero ahora, un guardián silencioso y discreto vela por él.