Cuando llegué para empezar mis prácticas, cargado con años de teoría dental, creía saber a lo que me enfrentaba. Sin embargo, cruzar por primera vez la puerta de la clinica implantología dental Lugo fue como entrar en una dimensión diferente. El olor aséptico, el zumbido suave de la tecnología y la calma profesional del equipo me hicieron comprender al instante que los libros de texto y las prácticas con maniquíes son solo el mapa, no el territorio real.
Mis primeras semanas consistieron en observar, absorber y, sobre todo, no estorbar. Dejé de ser un estudiante para convertirme en una sombra que seguía al implantólogo en cada paso. Mi universo, antes lleno de apuntes, se pobló de términos que ahora cobraban vida: osteointegración, elevación de seno, cirugía guiada. Ver en acción por primera vez un escáner intraoral 3D, que dibujaba en la pantalla una réplica exacta de la boca del paciente en segundos, fue fascinante. Observar cómo se planificaba digitalmente la colocación de un implante con una precisión milimétrica me demostró que esta especialidad es tanto artesanía como ingeniería de vanguardia.
Sin embargo, el verdadero aprendizaje llegó cuando empecé a ver más allá de la técnica y a centrarme en las personas. Recuerdo a una paciente, una señora de unos sesenta años, que llevaba años sin sonreír con naturalidad por la falta de varias piezas. Vi todo su proceso, desde el estudio inicial hasta el día en que, tras colocarle la prótesis definitiva sobre los implantes, se miró al espejo. Su llanto de alegría, esa sonrisa amplia y recuperada, le dio un significado profundo a toda la tecnología y las horas de trabajo. En ese momento, no estábamos simplemente colocando tornillos de titanio; estábamos devolviendo la confianza y la calidad de vida.
Hacer estas prácticas en Lugo tiene un simbolismo especial. Cada tarde, al terminar la jornada, a veces paseo por encima de la Muralla Romana. Pienso en cómo sus cimientos han soportado dos mil años de historia. En la clínica, en cierto modo, hacemos lo mismo: construimos cimientos sólidos y duraderos dentro de la boca de nuestros pacientes, bases sobre las que se asentarán nuevas sonrisas. Estas prácticas me han enseñado que la implantología no va solo de restaurar dientes, sino de reconstruir una parte esencial de la vida de una persona. Y yo he tenido la suerte de aprenderlo aquí, a la sombra de la historia.