Aquel día empezó como cualquier otro, pero terminó por convertirse en una historia que ahora cuento casi con una sonrisa. Recuerdo que salí de casa con prisa, como ocurre tantas veces: el café a medio terminar, el abrigo puesto a medias y la sensación de que llegaba tarde a todo. Cerré la puerta de mi piso en Santiago y, justo cuando escuché el clic del cierre, me di cuenta de algo fundamental: las llaves estaban dentro.

Me quedé ahí, mirando la puerta, como si con la fuerza de mi mirada fuera a abrirse sola. Pero, por supuesto, no lo hizo. Respiré hondo, intenté mantener la calma y acepté que no quedaba otra opción: tenía que llamar a un cerrajero.

Afortunadamente, en Santiago hay muchos profesionales, pero elegir uno cuando estás nervioso no es tan sencillo. Quería alguien que llegara rápido, que fuera fiable y que no me cobrara una fortuna por mi descuido. Revisé el móvil, encontré un cerrajero de urgencias con buenas opiniones y marqué el número. Al otro lado me atendieron con calma, como quien ya ha escuchado estas historias miles de veces. Me dijo que en veinte minutos estaría allí, y aunque al principio dudé, cumplió su palabra.

Mientras esperaba, recuerdo el frío de la mañana compostelana, ese frío húmedo que cala. Me apoyé en la barandilla de la escalera, intentando distraerme, pero la verdad es que solo pensaba en las cosas que tenía que hacer y en el tiempo que estaba perdiendo. Sin embargo, cuando el cerrajero llegó, todo empezó a resolverse mucho más rápido de lo que imaginaba.

Era amable y directo. Me explicó lo que iba a hacer y me dio seguridad. Con herramientas precisas y movimientos que mostraban experiencia, comenzó a trabajar. Yo, a su lado, observaba como si estuviera viendo algo tremendamente complejo. En cuestión de minutos, la puerta cedió sin daños. La sensación de alivio fue enorme, como si hubiera recuperado no solo el acceso a mi casa, sino también el control de mi día.

Pagué su servicio agradecido, no solo por la apertura puerta Santiago, sino por recordarme algo importante: todos podemos tener un mal momento, y pedir ayuda no tiene nada de malo. Ahora, cada vez que salgo de casa, hago el ritual de tocar las llaves antes de cerrar la puerta. Y sí, desde aquella mañana, lo hago con una sonrisa.