Cruzar la puerta de una consulta de un especialista en tratamientos de medicina estética Pontevedra no es como ir a cualquier otro médico. No vas porque te duela algo; vas porque te duele, de otra manera, mirarte al espejo. Y hacerlo en Pontevedra, una ciudad donde «todos nos conocemos», añade una capa extra de discreción y nerviosismo.
Mi decisión no fue impulsiva. Fue el resultado de meses de ver cómo el espejo me devolvía una imagen que no reconocía del todo. Ese gesto cansado que ya no desaparecía después de dormir bien, esa línea de expresión que se había convertido en un surco permanente. No era una cuestión de querer parecer otra persona, sino de querer volver a parecerme a mí.
La búsqueda fue meticulosa. Aquí no vale solo el currículum; buscas arte, sutileza. Leí reseñas, miré fotos de «antes y después» con el pánico de ver resultados artificiales, y pregunté con la boca pequeña a esa amiga que de repente parecía «iluminada». Quería a alguien que entendiera la palabra «naturalidad», alguien que restara años sin restar expresión.
Finalmente, pedí la cita. Recuerdo caminar por el centro de Pontevedra hacia la clínica, sintiéndome casi como una agente secreta. La sala de espera era el antónimo de un centro de salud bullicioso: era silenciosa, elegante, con luz suave y revistas de moda. Un oasis de calma diseñado para tranquilizar los nervios de quienes, como yo, estábamos a punto de dar un paso que para muchos sigue siendo tabú.
La consulta con la doctora fue la parte más reveladora. Exponer tus inseguridades en voz alta, señalar con el dedo eso que no te gusta de ti, es un acto de vulnerabilidad extrema. Pero me encontré con una profesionalidad que no juzgaba. No me intentó «vender» nada; me escuchó. Hablamos de «refrescar», de «revitalizar», de pequeños retoques que marcan una gran diferencia anímica.
Salí de allí con la cita para el tratamiento fijada y una sensación extraña. Era una mezcla de alivio por haber sido entendida y la adrenalina de haber hecho algo solo para mí. Caminé de vuelta hacia el río Lérez sintiendo que, aunque por fuera seguía igual, por dentro ya había empezado el cambio.